domingo, 15 de marzo de 2009

El abogado del Diablo

La película trata sobre un abogado, Kevin Lomax, quien gana todos los casos que toma en el lugar donde vive. Un grupo de abogados poderosos de New York lo incorporan a su firma. El padre de Kevin, a quien él no conoce, resulta ser John Milton, socio principal de la firma. John es el Diablo. Pero esto lo sabrá luego de que ocurren diversas situaciones. La esposa de Kevin, Mary Ann, comienza a tener experiencias “extrañas”, hasta el punto de que “se enferma” mentalmente y es internada en el Hospital Psiquiátrico, donde luego se suicida. Kevin llevaba entonces un caso difícil, donde se suponía su defendido era inocente. En una escena principal en el apartamento de John este se revela como el Diablo y, a la vez, le descubre que es su padre. Ante las quejas de Kevin respecto a su intromisión en su vida, Jonh le señala a Kevin que él eligió no dejar el caso –perderlo- para atender a su esposa, ya muerta. Le recrimina que la vanidad de no perder nunca, lo hizo abandonarla y ganar el caso a toda costa. Kevin, tentado por el Diablo, decide no aceptar su propuesta y se suicida. Aquí la película tiene un giro inesperado porque vuelve a comenzar: una segunda oportunidad.


Además de la lucha del bien y del mal que se pone en escena, me surgen preguntas sobre el amor y la tragedia (por Kevin y Mary Ann) en el “éxito”. A veces se ve cómo el trabajo ahoga las relaciones entre las personas, las aleja y las vuelve solitarias, casi como si fueran desconocidos entre sí. ¿Los ideales de nuestra sociedad nos empujan al éxito a pesar de todo o a costa de todo? Nos enfermamos de colitis, gastritis, asma y otras cosas por tratar de llevar el ritmo de lo que se supone se espera de nosotros; tomamos muchos medicamentos para soportar los malestares que nuestro cuerpo nos envía como avisos de que algo no anda bien. Y sin embargo, insistimos en ese camino. ¿Qué me empuja?

Pero también, en la película, hay un cierto determinismo. Si todo vuelve al inicio es como si ese Dios que John denuncia, realmente se ríe de los intentos del ser humano por darle sentido a su vida, pues al final, surge algo inesperado: es como si todo vuelve a comenzar. Es la pregunta de qué guía nuestras vidas. ¿Hay un ser divino que se encarga de escribir el guión de mi vida y yo sólo lo tengo que seguir, o bien, puedo realmente pensar que la libertad, la autonomía y el sentido de la vida pueden estar en mis manos? Lo que me llevaría a asumir mi existencia y mis decisiones como mías: con sus aciertos y errores -¿u oportunidades para aprender?!.

Otro pensamiento que me suscita la película es el tema de lo que se ignora y nos influye. Me recuerda la tragedia de Sófocles, Edipo Rey quien, sin saber, mata a su padre, se casa con su madre y cumple las profecías que él se propuso no ocurrieran. Es decir, justo tratando de crear un sentido propio, diferente al que otros le profetizaron, ¡cumple exactamente ese guión! Kevin sólo sabía que era exitoso: no sabía de la naturaleza de su padre (ni a favor de su éxito ni al enfermar a Mary Ann), ni cómo lograba ganar casos de forma tan extraña a veces. Creyó que era suyo el sentido que construía, las acciones que emprendía. Entonces, ¿se puede cambiar? ¿la vida se puede redireccionar? ¿se puede saber que “x” decisión es la correcta?

El discurso, hacia el final, en el apartamento con John sobre los ladrillos que uno carga es muy interesante. Cuánto se puede dejar atrás y cuánto no. Asunto difícil. A veces parece que se camina con cierta “libertad”, pero hay otros momentos en que el desconcierto y el miedo vencen a las decisiones y el deseo de algo mejor.

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