domingo, 26 de abril de 2009

Baraka

En su texto “Los monederos falsos, André Gide apunta: “Llega un día en que reaparece el verdadero ser, que el tiempo despoja lentamente de todo su ropaje de prestado; y si el otro está enamorado de esas galas, no estrecha ya contra su corazón más que un adorno vacío, que un recuerdo… que luto y desesperación” (p. 78). “Baraka” me pareció un poco la mezcla de la belleza (la naturaleza, su imponencia) y aquello oscuro y vacío que estamos estrechando con nuestra ligereza e inconciencia. Nuestras diferencias, nuestras similitudes entre las personas… pero nuestra infinita lejanía con el equilibrio de la vida. Tal vez por eso nuestros desequilibrios sociales, nuestra fría tecnología. Observa Gide: “Advertí que el hombre experimenta lo que se imagina experimentar” (p. 79). Tal vez nos imaginamos que es un mundo mejor el que creamos, pero la rapidez de los hechos, el pasaje incesante y profundo de estos quiebres nos llaman a la reflexión. ¿Cómo lograr un mundo, una sociedad, un individuo que pueda vivir con todos los seres (humanos y naturaleza) en unidad, en armonía? No me refiero a uniformar, a hacer desaparecer las diferencias, sino a la tolerancia de la sinfonía que es la vida en sus contrastes. Y, cómo ese respeto a la diferencia no es una complicidad con lo ominoso. Pero bien dice Gide, lo difícil es que “no soy nunca más de lo que creo que soy, y esto varía sin cesar” (p. 78).

Referencia

Gide, André. (1985). Los monederos falsos. Buenos Aires, Argentina: Hyspamérica

Ediciones Argentina, S.A.

martes, 14 de abril de 2009

El orden y el desorden en el universo

La teoría cuántica es una propuesta complicada. Pero tal vez lo más complicado es pensar un universo no en “fracciones”, o sea, como ordinariamente se leería el título: el orden como contraparte del desorden. Me parece entender de la propuesta, que en realidad lo que deberíamos pensar no sería en esas ‘partes’, sino en la unidad, la totalidad. Así, orden y desorden serían algo total, no descripción de posiciones opuestas y excluyentes. En algún momento alguien decía acerca del tiempo y su movilidad no lineal, sino como un ir y venir, más aún, como un estar al mismo tiempo (sincronicidad). Es decir, todo acontece al mismo tiempo en diversas dimensiones. Me pregunto si esta idea es la que ha motivado diversos filmes que juegan con el pasado/presente/futuro, como algo que fue pero está pasando de nuevo. Lo más interesante, al menos de lo que he escuchado, fue la idea de que la energía, los cuantos, deberían ser vistos no como separaciones (como los átomos), sino como “energía” que nos une con el universo, con el entorno, unos con otros, con lo humano, animal, vegetal y material. Con esto, tal vez podríamos superar el fraccionamiento que nuestra mente y cuerpo también sufre; podríamos comprender esa frase de que “cuando le hacemos daño al mundo, al reino animal y vegetal, nos lo hacemos a nosotros mismos, los seres humanos”. La otra idea que, derivada de esta teoría –según entendí- se maneja es la del “holomovimiento”, todo siempre en movimiento, nada estático, todo cambia momento a momento aunque no lo veamos. Nuestro cuerpo y mente cambia a cada segundo aunque no nos percatemos de ello. Estas ideas (sincronicidad, holomovimiento, relación constante y cambiante) provocan la extraña sensación de incertidumbre… para la mente es difícil pensar que la vida no es “estabilidad” o seguridad, sino movilidad e incertidumbre. Eso es un duro golpe al Ego.

Yo soy la que soy

Yo soy la que soy”. Enorme dificultad plantea esta frase. ¿Quién soy? Parece sencillo y, sin embargo, nos “descubrimos” a menudo como haciendo algo donde no parece que seamos nosotros quienes actuamos; es más, parece que un extraño(a) actuara dentro de nosotros, pero no somos nosotros, no logramos vernos ahí… y surge la extrañeza, la sensación como si fuéramos “dos” personas y no “una”. Eckhart Tolle en su libro El poder del ahora, lo plantea como “el conflicto entre los pensamientos superficiales y los procesos mentales inconscientes” (p. 15). ¿Cómo volverse ‘dueño’ de nuestras propias acciones? Aunque pudiera parecer paradójico (cómo no ser dueño de sí, se dirá) es una extraña realidad del ser humano. Nuestros esfuerzos por la iluminación, la libertad interior u otras formas de llamar esto que se nos escapa y que intentamos domesticar son, al fin, nuestros esfuerzos para poder responder a esa frase inicial: “Yo soy…”. Y sí, al fin y al cabo no soy otra cosa más que eso, “el que soy”. Con mis días buenos y mis días malos, con mis gracias y mis errores. Con mis bondades y maldades. Con mis sueños y desilusiones. Al fin… esa historia que se escribe día y día en la que “Yo soy la que soy”.