En su texto “Los monederos falsos”, André Gide apunta: “Llega un día en que reaparece el verdadero ser, que el tiempo despoja lentamente de todo su ropaje de prestado; y si el otro está enamorado de esas galas, no estrecha ya contra su corazón más que un adorno vacío, que un recuerdo… que luto y desesperación” (p. 78). “Baraka” me pareció un poco la mezcla de la belleza (la naturaleza, su imponencia) y aquello oscuro y vacío que estamos estrechando con nuestra ligereza e inconciencia. Nuestras diferencias, nuestras similitudes entre las personas… pero nuestra infinita lejanía con el equilibrio de la vida. Tal vez por eso nuestros desequilibrios sociales, nuestra fría tecnología. Observa Gide: “Advertí que el hombre experimenta lo que se imagina experimentar” (p. 79). Tal vez nos imaginamos que es un mundo mejor el que creamos, pero la rapidez de los hechos, el pasaje incesante y profundo de estos quiebres nos llaman a la reflexión. ¿Cómo lograr un mundo, una sociedad, un individuo que pueda vivir con todos los seres (humanos y naturaleza) en unidad, en armonía? No me refiero a uniformar, a hacer desaparecer las diferencias, sino a la tolerancia de la sinfonía que es la vida en sus contrastes. Y, cómo ese respeto a la diferencia no es una complicidad con lo ominoso. Pero bien dice Gide, lo difícil es que “no soy nunca más de lo que creo que soy, y esto varía sin cesar” (p. 78).
Referencia
Gide, André. (1985). Los monederos falsos. Buenos Aires, Argentina: Hyspamérica
Ediciones Argentina, S.A.
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